sábado, 1 de enero de 2011

Buenos propósitos

Cantar. Cantar solos. En el ascensor, en el trabajo, al coger un taxi... y esperar que alguien se nos añada y así acabar haciendo un número de película musical.

Llamar a la consulta del médico y pedir hora de aquí a una semana. Cuando en unos días comprobemos que nos seguimos encontrando bien, llamar y anular la visita.

Gritar a grito pelado hasta quedarnos sin voz para sentirnos más vivos que nunca.

Descalzarnos para notar la suavidad de la arena del desierto, la frescura del césped, la dureza de la roca y el tacto de la lana.

Antes de decir una cosa que nos han dicho, refexionar si estamos contribuyendo a la difusión interesada de una maldad.

Pegar post-its por todas partes para recordarnos a nosotros mismos que quizás, somos únicos.

Ir a una tienda de armas y pedir un libro de poemas.

Escribir una carta a los Reyes pidiendo que llegue la República.

Mimar las cabezas de los niños pequeños y, después, olernos las manos como quien ha tocado musgo.

Aprender a contar hasta treinta y tres en hebreo.

Inventar palabras nuevas y mezclarlas en las conversaciones habituales: banequeria, gatusela, llantoia.

Hablar con las plantas y regar a los amigos dos veces por semana.

Esperar con un ramo de flores, bajo la lluvia, a cualquier esquina, a una persona que nunca llegará y con quien no nos hemos citado.

Ponernos a mirar fijamente un punto al cielo, hasta que se cree un cículo de gente mirando aquel trozo de cielo que nosotros hemos hecho nuestro.

Escribir excelentísimo en minúscula e Insecto en mayúscula.

Decidir quiénes son los nuestros, aquellos que queremos de verdad, y una vez decididos, intentar tratarlos al menos igual de bien que a la gente que ni nos va ni nos viene.

De "Bons propòsits" (Joan Barril i Joan Ollé)

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